Wednesday, May 10, 2006


A continuación les regalo mi cuento publicado en la página www.lataberna.cl, ubicada en el quinto lugar de preferencias de los lectores, y gracias a la cual he sido amenzado de muerte por un amigo que llevaba el nombre del protagonista, quien se sintió ofendido por el relato; aquí va:

El alegato


El abogado señor Rozas subió lentamente las escaleras de aquella Corte, hasta las cumbres de sus imponentes pilares. Entonces, sintiendo tan sólo por un momento el peso de su embriaguez, entró por el portal en el cual le aguardaba su más próximo destino.
Pasando rápidamente por los pasillos, reconociendo rostros y voces de personas en un kaleidoscopio de dobleces, encontró la sala prefijada en el tiempo pretérito y repasó en su mente el expediente y las disposiciones legales de rutina, sorprendiéndose a sí mismo cuan hábil era y los límites a los cuales podía acceder su resistencia hepática y mental. El alegato era esencial en el resultado del pleito, pues en definitiva, constituía la instancia final en relación a la cual su representado, el señor Bob, podría revertir la sentencia de muerte por inyección letal de cianuro ratificada por el tribunal de apelación hace sólo unas semanas. La prensa, expectante, ya de alguna manera anticipaba un resultado favorable para el condenado desde que el señor Rozas había asumido la defensa, pues bien era reconocido en la región, y en el país entero, el prestigio de su destreza de litigación y precisos conocimientos de la ley.
El oficial de Corte, con el ademán característico, efectuó el anuncio esperado, respondiendo el señor Rozas con directos pasos hacía el interior de la sala de alegatos.
La sala era imponente, en espacios y presencia, la madera de miel oscura creando la atmósfera de misticismo que lo tenía acostumbrado a la ansiedad y expectación del veredicto justo; mientras en lo alto, aquellos asientos de pergaminos guardaban al triunvirato de ministros, que lo escrutaban bajo una mirada de respeto y admiración ocultas, y de una apariencia ficta de imparcialidad y sabia senilidad.
El señor Rozas tomó asiento en el banco de alegatos, frente a la mesa, el jarrón y el vaso de agua reglamentario, sin mover un músculo ni un papel documental fuera de lugar. La sala estaba atestada hasta los dientes de público y prensa expectante, bajo filmación en vivo y en cadena nacional e internacional. La fragancia de transpiración y desaseo, mezclada con el sentimiento de ira y tensión, impregnaba aquella habitación del orden, códigos y voluntades contrapuestas, entregadas a una metafísica lucha de intereses bajo un arbitro representado por tres ancianos con vestido y peluca, que sentenciarían un momento de la realidad, como creadores. El señor Rozas abrió su boca para hablar.
El señor Rozas eructó, su hálito etílico azotando con violencia los rostros de los ilustrísimos ministros. Luego, y con una orquestada subitez relámpago, el señor Rozas se paró, para luego caer de cara sobre la madera del suelo frente al estrado, ante la mirada atónita de los ministros y el público. Fue entonces cuando el señor Rozas, sin levantarse del suelo, comenzó a vomitar un repugnante caldo verde-amarillo con un penetrante olor a huevo podrido sobre el suelo, su rostro pegado a la madera, tal vez aspirando por sus narices su contenido, mientras el nauseabundo líquido se extendía por la sala con pausada reflexión. Una igualmente putrefacta flatulencia escapó de su recto, contaminado la sala con su atmosférica música, momento en el cual el señor Rozas perdió todo dominio sobre su jurisprudencial esfínter, liberando así las orinas y fecas acuosas por tanto tiempo privadas de libertad en su carcelaria vejiga, escapando sus cálidas aguas por entre el cierre de sus pantalones hasta la sedosidad de sus calcetas. Sobre este pintoresco charco, el señor Rozas comenzó a revolcarse con angustia y placer, mientras saladas lágrimas de su rostro se mezclaban con un confuso sentimiento de tristeza meditativa, euforia sexual, alegría infantil, y aburrimiento, y añadían un ingrediente adicional a su heteróclita sopa de libertad.
Los ministros rápidamente tocaron la campana frente al alboroto de los atónitos asistentes, el oficial de la policía acercándose para esposarlo, pero la resbaladiza fricción del charco creado por el señor Rozas provocó que aquél también cayera en ese pantano de vómito, orina, fecas y lágrimas, golpeando su rostro contra la madera sin poder evitar aspirar y beber aquel nauseabundo alimento, compartiendo así de algún modo, junto al señor Rozas, una cierta interpretación de su existencia, una clave, un poema en versos encriptados por un suspiro de edad e instantes, un libro de antiguo que se lee con una taza de café bajo la luz de un invierno. O tal vez una representación de un momento, una metáfora celeste, que ahora compartían un oficial y un abogado ebrio en un charco de magia y secreto.
Los jueces bajaron del estrado mientras el policía esposaba al señor Rozas contra el suelo, quien, bañado en orina y aguas infectas, continuaba vomitando en espasmos intermitentes; los insultos, los pensamientos verbales de los asistentes, y los destellos de las cámaras, enmarcaban el escenario del concurrido teatro del señor Rozas. El policía forzó al húmedo abogado a levantarse y lo conminó a caminar hacia la puerta de la sala, para la rutina de su detención.
Pero entonces el señor Rozas habló, en un susurro, de modo que tan sólo el policía actor pudiese escucharle, “Libérame y te haré un hombre libre”. Por un instante el policía dudó, “¿Perdón, me ha hablado señor?”. El señor Rozas volvió a hablarle: “Libérame. No te engañes. Conoces el secreto del charco”.
El policía entonces comprendió el significado, su vida había sido trastocada por las enseñanzas de este hombre, había logrado entender desde su corazón, el plan prefijado, participando en su desenvolvimiento como parte pensante y decidora. Luego, disparando su arma hacia lo alto, rescató al señor Rozas de aquel ilegítimo juicio humano a sus vidas, y juntos emprendieron la huida hacia un mundo distinto, pero más humano y tal vez, perteneciendo a él, revelador de un significado más permanente y real.


Valparaíso, 31 de agosto de 2005.

10 comments:

Anonymous said...

Marquito,
Te voy a hacer una reflexión sicológica de tu cuento :Igual cacho que el Sr. Rozas es tu proyección jurídica, después de una noche en el Tablón y el Molino Rojo, donde quedaste prendido de un paco que iba de uniforme y que te quedó gustando y tu entre copete y copete pensaste que te podía liberar de las redes de la Heterosexualidad adquirida en la infancia pero que nunca aceptaste realmente...
Saludos amigazo

Anonymous said...

Me gusta la descripción que haces, pero no logro entender del todo la idea que se busca plantear.Dame algunos datos.

Anonymous said...

La verdad es que me recagué de la risa con tu cuento. No se si esa era la idea original, o si se trataba de algo mas profundo, pero bueno, esa fue mi impresión, ja ja.

Anonymous said...

amigo leí tu cuento y citando a Borges digo: se ve que lo ha fabricado un hombre de letras, ganoso de mostrar vocablos espléndidos, ergo a la critica favorable el nunca bien ponderado , pero independiente de aquello lo demás no admite criticas constructivas y me parece una licencia fruto de un gran aburrimiento, uno de estos días te voy a enviar uno de los míos (cuando los corrija)

Anonymous said...

me gustó el cuento marquinho, felicitaciones.

Anonymous said...

Oye leí el "Cuento de Marco" y lo encontré bueno. Si me autorizas, lo puedo distribuir entre mis colegas.

Anonymous said...

Compadre Marco, Felicitaciones!, Me dió mucho gusto leer tus expresivas líneas, creo que estimulas profundamente la reflexión. Mi visión claramente no se enmarca en el Derecho, sino en la gran estima que te tengo.

Anonymous said...

Bueno Marcos, cuando me entregaste tu cuento para leerlo te di mi opinión. Creo que es exactamente tu visión del Derecho. De las formas y sus fondos. Sus bajos fondos. El desenlace estuvo bien. Discreto pero bien.

AMI said...
This comment has been removed by the author.
AMI said...

Está bueno, me morí de la risa. Pobre Sr. Rozas.