Thursday, August 24, 2006


Cuando sea viejo y sabio


Por Marquioni

Volví a ver a Sancho un cierto día de invierno, cuando divagando por la plaza del pueblo, divisé su silueta bajo los melancólicos pastos de un jardín estrellado. Acercando sus pensamientos a los míos, comprendí en instantes lo mucho que nuestras vidas se habían dividido y que los caminos que entonces solíamos recorrer hoy no eran los mismos. Sancho hoy comía ratas como parte de un espectáculo callejero con el cual sustentaba su existencia en base a las poéticas propinas de los hombres. Intentando entender sus palabras, la tertulia se prolongó en base a nuestros espíritus hoy alterados en forma y sustancia:

-No logro comprender la necesidad de esto Sancho, ¿por qué no buscas un empleo distinto o montas otro espectáculo?

Sancho sonreía, su mirada bailando sobre un horizonte distante, añorando un recuerdo perdido en lágrimas y sentimientos teñidos de esperanza. Recordaba entonces lo complejo de su mente, los días cuando en la Facultad discutíamos con vehemencia el sentido real de las cosas, interpretando lo que para los demás era axioma como obscura hipótesis alquimista. Los sonidos de los árboles hablaban un lenguaje extraño a mi viejo amigo, su conocimiento fuera del alcance de mis percepciones comunes.

- ¿Qué destino tiene tu vida fuera del círculo de inercia animal en que vives y respiras Bob?

- Bueno, este..no quiero ser pobre, tengo un empleo...una esposa y familia, quiero tener una casa y cosas y dejarlas a mis hijos cuando muera, envejecer junto a ellos...tengo mi religión...yo...

Dejé de hablar, y con Sancho caminamos por las calles del mundo hacia las extrañas playas ecuatorianas de la ciudad, como en aquellos primeros días de juventud en que nuestra construcción de un sistema de sociedad horizontal parecía una realidad utópica y universal.

- El tiempo fluye como un río hacia mí Bob, me esta llamando. ¿Quién sabe si nos volveremos a encontrar nuevamente, tal vez jamás?

Las parábolas de Sancho más que un misterio eran versos de una canción escrita sobre un viejo cuaderno de ciencia y filosofía, de la cual no puedo hoy recordar ni su nombre. Mi amigo me enseñó el secreto de las ratas y su relación con el libro IV de la Metafísica aristotélica, la enigmática frase dicontaset, y la teoría del eterno retorno. Fue así como descansando sobre las tierras blandas, mientras mascaba un dócil roedor negro colilargo sin saber realmente por qué, Sancho se adentró en el mar, sus largas barbas amarillentas topando sus harapos de sabiduría sobre el agua cochayuyeana.

- ¡Sancho! ¡¿Pero qué haces hombre?!

- Tranquilo Bob, sólo me lavo los dientes un poco con esta pasta que encontré.

Sonriendo, Sancho me exhibió con inocencia un tubo relleno con gelatina de pulgas de mar. Eructé en carcajadas, expulsando el ratón destripado sobre las tibias arenas nocturnas. Nos reímos por horas como retardados, vestidos con tapabarros, gesticulando obscenidades y saltando como simios mientras alzábamos antorchas de calcetines quemados sobre nuestras cabezas. Más allá del cielo plutoniano, comprendí que había abandonado el mundo convencional terrestre para formar un puente entre el hombre y los astros, ahora expresados en un código de civilización redactado por el jurista Sancho. Ante esta realización, abdiqué formalmente de mi vida pasada, abandonando al viento toda posesión material y atadura con el pacto social celebrado anteriormente, uniéndome a Sancho y las ratas en la búsqueda de una trascendencia individual a lo colectivo de mi mismo.
Nos reunimos en asamblea constituyente un frío atardecer de agosto para votar nuestra Carta Magna, siendo aprobada en el acto con votos míos y de Sancho, y sólo una abstención por parte de la rata destripada. Celebramos el éxito de la gran votación del proyecto, y comenzamos de inmediato a discutir el alcance y sentido de sus normas. Si la historia la escriben los hombres, pues los versos del alma individual pertenecían a mis pensamientos, y sus palabras, eternas e indelebles, sembrarían los paisajes de nuestras huellas.

Así obrando, sentado sobre la playa de mi destino, procedí a dormir. En mis sueños, divisé a Sancho esclavo de una existencia común, oficiando de banquero en una decadente sucursal financiera, prisionero de vínculos temporales, atendiendo asuntos cuyos efectos y causas se radicaban en un conjunto limitado de relaciones humanas. La tristeza infinita de mi amigo no se denotaba en su rostro y las justificaciones y búsqueda de sentido de sus acciones radicaban en la inercia del no cuestionamiento, costumbres, condicionamientos e imitación de patrones predispuestos. Dentro de la irracional lógica de los sueños, todo poseía una coherencia interna que a pesar de la falacia onírica, repugnaba contra cualquier designio e ideal de nobleza o corrección. El amanecer me sorprendió con el recuerdo de que ese hombre era nada menos que yo mismo.

Al despertar, observé con asombro la madrugada de un meditativo Sancho sentado estoico frente al espumar de las olas. Fue entonces que las sirenas tardaron en penetrar nuestros oídos, y mientras los oficiales de la policía nos arrastraban con violencia y oposición hacia un destino de inseguridades, pensé en todos los poemas y canciones de mi juventud, y la destrucción de mis sueños como irrelevantes flores en un invierno de primaveras longevas.

Fuimos encarcelados con precisión y brevedad, y liberados bajo palabra ante el juez humano. Sancho partió junto a sus animales y ponderaciones por caminos desconocidos. Mi familia concurrió a mi salida, mis hijos y mujer exigiendo explicaciones de mi insólito comportamiento. Mis empleadores me habían desvinculado de mis actividades remuneradas y los facultativos médicos sugerían mi internación de por vida en una institución mental. Sería declarado interdicto y privado de todos mis negocios y bienes, los cuales pasarían a ser administrados por un representante o curador, cargo que naturalmente ocuparía mi mujer.

Comprendí entonces que si bien había legalizado mi escape de la aplicación personal de los preceptos de la sociedad civil, sus reguladores impondrían la coerción sobre mi albedrío y mi cuerpo, destinándome a las ordenes del titiritero de turno. Acepté los términos, con las reservas conferidas por mi condición de rebelde social y pensador utópico, las cuales hice presente al enfermero ministerial mientras me blindaba con la camisa de fuerza institucional del nosocomio local.

Hoy, si bien permanezco inmóvil entre inmundas paredes de colchón blanco, amarradas mis extremidades con cadenas a un lecho de parásitos, placas de suave metal insertadas en mi aparato bucal, me siento más pleno de proyectos y libre de ligazones de lo que jamás fui durante mi pasar por aquel planeta denominado tierra. Y si bien conozco que prontamente las luces de mi mente se extinguirán bajo el fulgor de una electricidad constante, el espíritu de paridad en mi alma buscará la amplitud dondequiera que se halle el destello de un hombre obeso posicionado en tabarros a modo de pájaro sobre un árbol, nadando sobre un océano de infertilidad e incomprensión, sin miedo a crear un mañana cósmico y valiente, como un sueño de niño que se repite en mis entrañas de banquero oxidado, por un mundo sin penas ni razón. Este es mi herencia y mi legado hacia ti: dicontaset. Aprovechadlo bien.

Monday, July 24, 2006


He aqui un cuento clásico del ´94, muy cursi como dice uno de los personajes del mismo, pero que espero les guste. Es una épica romántica un poco ingenua, pero verdadera. Anticipo sus comentarios despiadados.

Revêrie de un saltimbanqui

Por Marquioni


Pero yo, siendo pobre tan sólo tengo mis sueños;
He esparcido mis sueños bajo tus pies;
trepad suave; pues trepáis sobre mis sueños
-W.B. Yeats, The Cloths of Heaven

Las luces flotaban en el aire, mientras la suave brisa de mar suspiraba en su alma, y los rincones de su corazón danzaban a lo lejos, pero cada vez más cerca. Eran noches como estas las que iluminaban sus pensamientos, y los recuerdos de ella caminaban por la tristeza de sus días. “Eres todo para mí!”, gritaba al viento, las carcajadas de los niños respondiendo bajo la lluvia. “Si estuviera ella aquí, frente a ti, y el momento pareciese prolongarse, que le dirías?”, le preguntaba Pipko, mientras el frío los abrazaba cada vez más. “Decirle?...yo?...que la amo, y pienso demasiado en ella, tal vez poco, y desearía mucho que nos fuéramos lejos, y nos quedásemos allí para siempre, o tal vez más, o que el tiempo pudiese detenerse o volver atrás harto, mucho y que nos casemos entonces o después, y tener diez hijos o menos si ella quisiese, o tal vez...”. Pipko sólo lo miraba, una sonrisa burlesca floreciendo en su rostro. “Dios mío eres...eres...un payaso..que cursi...”. El joven pareció sonrojarse, pero sus sueños tan sólo volaban con los barcos, hacia puertos desconocidos, cargados de sentimientos, sólo para ella, que vivía demasiado lejos de todo.

La lluvia parecía desvanecerse, pero ya golpeaba más fuerte, y su alma volaba cada vez más alto. Pipko ponderaba al vacío, “Es tarde, creo que me debo ir, mañana tengo un examen, así que esta noche de seguro no dormiré...de hecho no sé que estoy haciendo aquí con un payaso demente...” Y girando con subitez, señaló al bus, el cual deteniéndose a la orilla de la vereda, salpicó un considerable aguacero sobre el patético joven. “Este...nos vemos mañana compadre...eh..cuídate..”, tartamudeó Pipko, su amigo no disimulando su jocosidad ante el espectáculo. “Chao... no te preocupes por mí, estaré bien.”, respondió, mientras la micro se iba a lo lejos. Frunciendo su escaso ceño, Pipko le gritó, “Olvídate de ella... no seas payaso...”, y su silueta se fue desvaneciendo bajo una densa niebla en el bosque de la ciudad.


Luego de unas horas, se encontró caminando por aquella concurrida avenida, por donde había sido feliz por algunos momentos, hace tiempos distantes. El grupo de folclor se encontraba allí, desarmando sus instrumentos para irse a casa después de un húmedo día de trabajo callejero: “Que hacen aquí todavía tan tarde?”. Los hombres lo miraron con cierta curiosidad pero esta se esfumó con rapidez, y retomando su trabajo, lo ignoraron, Su corazón desfallecido, el joven se sentó cerca del antiguo farol, mientras la lluvia, ahora más liviana, reposaba sobre su mente.


“Pienso demasiado en ti...pero como evitarlo?”, divagaba en voz alta, las palomas, sus alas, empapadas de lágrimas del cielo, acompañando sus palabras. “Estábamos allí, ves?, nuestras manos tomadas, su cabeza sobre mi hombro, y los payasos tocando su música...”. Las palomas respondían con una reflexiva mirada y suave aleteo, cuestionando la sanidad mental del menor. “Ella usaba un vestido largo, hasta los pies, su cabello, .. su voz, que amaba tal vez más que ella.. pero ahora no está...y yo soy sólo un...payaso...cursi”, decía, su cabeza entre sus manos, mientras las palomas, aburridas por el hombre sin migas, planeaban hacia los altos edificios, sus dulces nidos ansiando su regreso.




Uno de los folcloristas, tocado por la ridícula escena, se acercó al remojado impúber, sentándose a su lado. Era más joven que los demás, alto y delgado, de dedos largos y huesudos, barba incipiente. “Hey... yo me acuerdo de ti compadre...”, señaló, los ojos del chico despertando en curiosidad. “Sí? Dónde, cómo, cuándo?”. El músico sonrió, “El año, ehh, pasado? No, antepasado. Estabas ahí con una chica, sentados en primera fila, y se quedaron hasta el final. Venían todos los días...pasaban viniendo.” El joven miraba otra vez al punto lejano, “Sí.. a ella le encantaban ustedes...decía que eran como hippies, libres, vagando por el mundo, como nómades, siempre me preguntaba si yo hubiese deseado ser como ustedes”. El folclorista, sorprendido, lo escrutaba, “Y qué dijiste?”.“Que sí, nos iríamos juntos, y recorreríamos el mundo, solos nosotros, juntos”, su mirada diluyéndose en el pasado. El hombre barbudo, divertidamente intrigado por el muchacho, emitió, “Hey, te gustaría viajar con nosotros y recorrer el mundo, viviendo en carretas viejas, conociendo gente.. sabes tocar algún instrumento?”. El chico, sorprendido ante la propuesta, se encontró de repente diciendo, “Bueno en el colegio aprendí flauta y un poco de guitarra...”. El hippie se paró bruscamente, “Entonces te vienes con nosotros, ¿estás listo?, nos vamos ahora al tiro.”. Las palabras parecieron despertarlo del más profundo ensueño, y volvió e su realidad: “Este, no, no puedo, estoy estudiando, y además esta mi familia, como me voy a ir así no más.” El folclorista, extrañamente decepcionado por la respuesta, bajo su mirada, su cabello goteando mientras la lluvia golpeaba fuerte otra vez, “Esta bien, ¡Adiós romántico!”, y se alejó hacia sus compañeros que lo estaban esperando, cerca de una vieja caretilla de cien años.


Mientras se iba, su mente creaba emociones, las luces lejanas de los faroles milenarios escondidas bajo las nubes de la tierra, pensando: “Pero y si me fuese.. habría alguien que me recordaría más de lo que yo a ellos? Existe una sola persona en este lugar por la cual me quedaría?, todo esta de más”, Y divagando de este modo, exclamó, “Hey, adonde iríamos?”. El folclorista se detuvo, como esperando la pregunta, y sonriendo dijo “A una ciudad lejana, lejos de todo...”. Tomando su cabeza entre sus manos nuevamente, el joven se habló como en un sueño, “Ella esta en una ciudad...muy lejos...y si me encontrase con ella, allí, que le diría, faltarían las palabras? O le diría lo que siento?”.

El joven reflexionando sobre esto, sólo pensaba en ella, y las palabras no existían más que en el aire, “Dejaré todo, me voy con ustedes”, y mientras caminaba a la caretilla, dejando todo atrás, las nubes seguían volando por los cielos y los días de su juventud pasaban por las semanas de su vida, pensando en volverlos a ver.


***

El espectáculo seguía, sus sueños burlando sus ponderaciones, y su corazón fantaseando siempre demasiado. Los dedos callosos de guitarra animaban sus sentimientos hacia el público y transmitían sus alucinaciones. Cerca de él, Gupart golpeaba el bombo con hormonal violencia, mientras los efusivos gritos del gitano líder hacían nacer los aplausos de los niños congregados alrededor de sus pies en un enredado círculo de pequeñas voces. El muchacho, de melenosa barba, su extraña indumentaria ya andrajosa, observaba los niños con su mirada de cristal, mistificada por un profundo pensamiento, siempre presente en aquellos ojos. Nuevamente se perdieron...



Era ya de noche y quedaban pocos en la ciudad lejana. Sus ideas recorrían las calles, y sus recuerdos de ella, ya perdidos en la profundidad del olvido, rara vez turbaban su corazón. Descansados los instrumentos, y ahuyentados los niños, el joven se sentó en una banca de la plaza, cerca de una fuente y sus deseos sin cumplir. “Que desearía yo? Volver a casa? De seguro ya todos me han olvidado,” pensaba con su voz, los curiosos tosiendo sus palabras de desagrados hacia su desaseado aspecto y nauseabundo olor. “Los deseos son sólo sueños, y los sueños nada más que recuerdos”, balbuceaba con nostalgia, el cálido palmoteo de los saltimbanquis adornando sus divagaciones. La pequeña música nocturna seguía y seguía, y sus ojos se nublaban cada vez más y más...


Súbitamente despertando, una voz parecía llamarlo, “Hey...tú..niño...”. Abriendo sus ojos, apareció, frente a él, era ella. Levantándose de un salto, tartamudeaba, “...Tú...”. Ella sólo lo miraba, sonriendo, su vestido largo hasta sus pies descalzos, sus ojos brillando en la oscuridad, su cabello, su voz...”Qué haces aquí? Tanto tiempo que no te veía...”. El muchacho, sonrojándose levemente, dijo, “Este, yo estoy con los folcloristas...hace un año que me vine con ellos”. Sorprendida ante la respuesta, se rió dulcemente, “Cómo?! Folclorista? Cómo has cambiado desde que te vi!...”. Y la noche, llena de sentimientos y recuerdos, parecía iluminar el universo, mientras los dos jóvenes caminaban por las calles de una ciudad lejos de todo y de todos, muy cansados y ya no tan tristes.

***

“Entonces Gupart me dijo que si quería venía con él y entonces, yo, nada de tonto, le dije “seguro”, y entonces aquí estoy!”, relataba el muchacho, mientras caminaban por la avenida, ya de madrugada, el sol empezando poco a poco a despertar de su eterno letargo. Ella se reía, sus ojos brillando siempre, “Dios! Que loco eres! Cómo puedes haber hecho algo así?” Habían estado hablando por horas, cada uno contando aquella parte de sus vidas desconocida para el otro. Se detuvieron de pronto frente al mirador, la ciudad lejana hacia abajo, todo demasiado pequeño para ser importante. “Por qué nunca llamaste? Tal vez nos podríamos haber visto mucho antes, en vez de esperar que el cruel destino nos uniera,” interrogaba el joven, su mirada buscando respuesta. Pero ella no pareció escuchar, y sus ojos se perdieron de repente, como un planeta en un mar de estrellas, la diminuta realidad alejándose por un momento. “Yo...”, empezaba, mas la frase ya se había esfumado y el pensamiento también. Las palomas, como guiadas por un mágico encanto, revoloteaban a su alrededor, picoteando el suelo, alimentándose del cielo congelado. Mientras el día nacía lentamente de los lúgubres rincones, las ventanas de su mundo se abrían a la memoria, y estaba otra vez con ella, en un tren de mil años, viajando hacia un lugar querido para ellos, “no sé,... creo que eres como mi alma gemela..”, ella le decía, acariciando sus manos con su fragancia, y miraba el retrato del paisaje gris por entre el vidrio, empañado por los años de su recuerdo.



Y entonces, de repente remembrando algo muy distante, empezó, tartamudeando ligeramente, “Yo...creo que te amo demasiado, y desearía que nos casáramos y tuviéramos cinco hijos, o seis, o hartos más, y nos fuéramos lejos, lejos, y nos quedáramos allí para siempre o tal vez más, ...te amo, cásate conmigo.. te quiero mucho...”. Ella, sorprendida, lo miraba con sus ojos húmedos, y notó que había estado llorando, y empezó a decir algo, pero él ya se había dado vuelta, sonrojándose profusamente, “Perdóname, no sé que me pasó..deben haber sido esos tragos raros de Gupart...”. Y tomando su cabeza entre sus manos, se sentó sobre el melancólico pasto, las luciérnagas luminosas burbujeando sentimientos desencontrados por largo tiempo en su corazón. “Yo también”. Alzó su cabeza pálido, “...Qué?” “Yo también te quiero mucho”, decía ella, sonriendo, con aquélla dulce voz, que él amaba siempre, demasiado. Levantándose rápidamente, la tomó entre sus brazos, “Dime por favor que esto no es un sueño...”. Ella sólo sonreía, pero lloraba mucho, y sus lágrimas se juntaban con sus mejillas, “No... no es un sueño...”. Y lo besó, dulcemente, su alma hechizada, la lluvia cayendo sobre las palomas, mientras lejos, muy cerca, el payaso tocaba un viejo acordeón sutilmente desafinado, dedicándole la canción a una joven pareja sentada en un desgarbado bus, pensando, tal vez, en una mujer, de ojos brillosos y mirada distante, levemente encorvada, delgada, y a veces, sólo a veces, algo triste.

Thursday, May 11, 2006

I ARISE from dreams of thee In the first sweet sleep of night, When the winds are breathing low, And the stars are shining bright. I arise from dreams of thee, And a spirit in my feet Hath led me—who knows how? To thy chamber window, Sweet!
The wandering airs they faint On the dark, the silent stream And the champak's odours pine Like sweet thoughts in a dream; The nightingale's complaint, It dies upon her heart, As I must on thine, O belovèd as thou art!
O lift me from the grass! I die! I faint! I fail! Let thy love in kisses rain On my lips and eyelids pale. My cheek is cold and white, alas! My heart beats loud and fast: O press it to thine own again, Where it will break at last! .

P.B. Shelley

Wednesday, May 10, 2006


A continuación un cuento clásico escrito en 1989, cuando tenía 13 años; espero les guste.


The life of me


The being


My name is Bob Gograham. I am... human, or at least I feel that way. I had never before in my life doubted this and I began to do so only once it happened.
I´m a biologist, a specialist in cells. Well, my partner John Boogie and me started to do... experiments back in 1956. John was a good friend from high school who shared the same interests in science I had, so we always stuck together like... glue.
I guess it all started when I was walking to the lab, I had just had my hair cut so I was...



Why it had to be


I felt tired when I climbed those steps and I felt physically sleepy. I had no idea what life had in store for me. Nor did I want to know. If I had had a mirror that could tell the future I doubt I would have used it. I didn´t like mirrors, never did; they always showed the bad side of things.
Opening the door I discovered the lab was empty. Suddenly an uncontrollable desire to scream burst from my lungs and was only stopped when I saw John sitting right in front of me. He stood up slowly, majestically, and looked me right in the eye for a long time, longer than I can remember. Then slowly, without a word, he walked to the experimental test tube. He slowly opened his mouth to speak.
John was a formidable man, around forty and with a slight orangutan complexion. His eyes seemed to be sunken deep into his sockets and his yellow hair was not combed. His mouth was too small to be a mouth and looked more like a scar. He was tall and ethiopia-like thin.
"Did you read the news?". John turned around and I noticed he had a small test mouse between his hands, and he was squeezing it very hard. I tried not to look at the poor creature, so I looked at a small speck in the corner of the room, trying to move it by force of will, while I answered, "Yes. A man disappeared today while taking a bath and is missing, and a dog got run over by a car". John twitched slightly and a small squeak burst from the mouse. "No, I mean the big news".
I turned around from my present position and faced him obliquely. I felt how a flea slowly sucked my blood from my left armpit and answered, "No, what is it?" John gave one last squeeze and the mouse squeaked out of his hands and landed on the floor with a deafening splat, "I don´t know, that´s why I´m asking you". My first impression of this statement was that John was joking in an acid kind of way, but as I looked at the slightly squashed mouse on the floor, I realized I was wrong.
I picked up the mouse and caressed it with my grubby hands, while I opened my mouth to produce sounds, "I know not of any news in reference to your so called big news". John gritted his teeth and I heard them snap and crack violently, "Okay then let´s get to work. Today the department gave us: Effects of electrical and mechanical stimulation on breathing lifeforms". I nodded and put the mouse on jointed structure 3 and prepared the experimental death table. My partner and I washed our hands, put on our gloves and passed quickly through the routine movements before we were ready.
John grabbed the mouse he had squeezed earlier and as he slowly raised the experimental chainsaw, I was struck by a sudden sense of understanding of what we were doing. It all came to me so suddenly that I fell backwards, knocking myself out for a few seconds. As I stood up and regained my balance, I saw for the first time that John was an executioner, a butcher boy, a ham hog. I nearly belched with comprehension, and I shoved the chainsaw out of his hands and threw it out the window, crashing into the busy street. John stared at me in disbelief.
"What the hell do you think you´re doing, you fool?" I suddenly burst with laughter as I realized how the world worked, how the universe ticked. I felt tears running into my mouth when the entire human race, its function and reason, was revealed in my cerebral cortex like a book. I felt myself losing control of my bodily functions and tried to compose myself, but the full understanding of these things was like sitting naked on a frying pan with a banana in your mouth and feeling and smelling the fire on your gluteus. It was weird.
After a few minutes, I finally managed to compose myself and said, "Sorry John; I don´t know what came over me". John frowned and stroked his hair with a long upward sweep of his arm, "Why the hell did you do that?" He frowned again when he saw that his hand was full of dandruff and wiped it on the floor. I knew the answer to that one but I felt that his brain would not be able to comprehend in the least what I would say. Suddenly a picture formed in my head and I saw two brains talking to each other by means of wiring. I exploded with laughter at this thought and answered John´s question: "Because every cell comes from another preexistent".
My confused partner didn´t understand what I said and showed it by saying, "Listen Bob, do you feel Ok? Want me to get you to a doctor?" I smiled feverishly and collapsed to the floor, totally unconscious.
I was woken up quickly by two violent slaps on my face. I got up and smiled at John´s worried face. John stuck his hands in his pockets and I got up slowly. I talked quickly, "Listen John, what do you say if we call it quits today?" John nodded absently and left the room quite suddenly. I felt so alone.


What it had to be


I wrapped my arms around my body, seeking warmth were there was none. I was sitting on my sofa trying to look at the TV, trying to be normal, but it was impossible. I was... different; changed.
Suddenly my brain warped on me and the television flopped over and some sort of strange bubbling juice started flowing slowly from inside it. I tried to stand up and pick it up but my body didn´t seem to respond to the electrical waves generated in my brain. I was defenseless. The toaster started to throw burned pieces of bread through the room and the refrigerator door was opening and closing at will.
I smiled as I realized what was going on. It represented what I truly felt about the bottled up sub-world of society I lived in, represented and outlined in an intricate pattern of electrical apparatus. Suddenly the refrigerator door opened and a stream of milk flushed out of it and streamed into my dry body. I laughed hysterically as I jumped around the room from one sofa to another trying to get to the door. I tripped over an unplugged radio and I fell to the floor, getting a nasty bruise on my arm.
I swam across an ocean of milk and managed to open the door to reveal a huge, wolf-sized dog. The animal drooled as its fangs were dripping with some kind of slime, and I realized that it had just had its teeth brushed. I laughed at my ridiculous conclusion and stroked the dog wildly before getting up and running across the lawn, the barking dog behind me. I ran fast, but the dog caught up and bit my leg so hard that my shoelaces untied. I hit the ground and tried desperatly to throw the animal off. Turning from its drooling fangs, I kicked it in the ribs and threw its limp body into a nearby swimming pool. The animal fell in with a merry splash.
I suddenly understood that the animal was me, I represented society and the pool was misfortune. I pulled myself up and realized that I had moved and I hadn´t been able to before on the couch. I sat down and opened my suitcase and noted this on my diary, classifying it as strange.


Theories


Many events like these took place in my life during that period, and I began to think my mental functions had acquired some sort of disorder. I began to smoke and bite my nails, and greasy sweat was often present during the day. But let us continue with my story...
Well, it was the twenty-second day of the month of January when I opened the door to the conference room. I had been chosen as cellular biologist of the year and was expected to make a long and dreary speech. I entered the wide room slowly, contemplating its reason in the universe.
John was there, as well as two other men I had known: Lewer and Wesser, who were very basic creatures with no real cortexes. The room was wide and I realized it was some sort of theater with a wide stage and no curtains. I heard a dull sound break in my brain and sat down, close to my... friends.
Someone screamed and a huge monkey started to jump around the room, its hairy animated arms poking the air. The beast leaped in the air and suddenly bananas started flying through the air at unbelievable speed, and I realized that I had gone mad. Suddenly John stood, and his body slowly reformed into that of a retarted three year-old, and I heard the other people were screaming as more apes started to fill the room.
Suddenly I heard a huge cracking sound and saw that the ceiling had broken in half, revealing an apish tribe of primates that swung from the ceiling. The room erupted and an exotic jungle popped out of nowhere. The apes forced us to be their slaves.
I woke up later. Much later. But I am still sleeply.


The end

A continuación les regalo mi cuento publicado en la página www.lataberna.cl, ubicada en el quinto lugar de preferencias de los lectores, y gracias a la cual he sido amenzado de muerte por un amigo que llevaba el nombre del protagonista, quien se sintió ofendido por el relato; aquí va:

El alegato


El abogado señor Rozas subió lentamente las escaleras de aquella Corte, hasta las cumbres de sus imponentes pilares. Entonces, sintiendo tan sólo por un momento el peso de su embriaguez, entró por el portal en el cual le aguardaba su más próximo destino.
Pasando rápidamente por los pasillos, reconociendo rostros y voces de personas en un kaleidoscopio de dobleces, encontró la sala prefijada en el tiempo pretérito y repasó en su mente el expediente y las disposiciones legales de rutina, sorprendiéndose a sí mismo cuan hábil era y los límites a los cuales podía acceder su resistencia hepática y mental. El alegato era esencial en el resultado del pleito, pues en definitiva, constituía la instancia final en relación a la cual su representado, el señor Bob, podría revertir la sentencia de muerte por inyección letal de cianuro ratificada por el tribunal de apelación hace sólo unas semanas. La prensa, expectante, ya de alguna manera anticipaba un resultado favorable para el condenado desde que el señor Rozas había asumido la defensa, pues bien era reconocido en la región, y en el país entero, el prestigio de su destreza de litigación y precisos conocimientos de la ley.
El oficial de Corte, con el ademán característico, efectuó el anuncio esperado, respondiendo el señor Rozas con directos pasos hacía el interior de la sala de alegatos.
La sala era imponente, en espacios y presencia, la madera de miel oscura creando la atmósfera de misticismo que lo tenía acostumbrado a la ansiedad y expectación del veredicto justo; mientras en lo alto, aquellos asientos de pergaminos guardaban al triunvirato de ministros, que lo escrutaban bajo una mirada de respeto y admiración ocultas, y de una apariencia ficta de imparcialidad y sabia senilidad.
El señor Rozas tomó asiento en el banco de alegatos, frente a la mesa, el jarrón y el vaso de agua reglamentario, sin mover un músculo ni un papel documental fuera de lugar. La sala estaba atestada hasta los dientes de público y prensa expectante, bajo filmación en vivo y en cadena nacional e internacional. La fragancia de transpiración y desaseo, mezclada con el sentimiento de ira y tensión, impregnaba aquella habitación del orden, códigos y voluntades contrapuestas, entregadas a una metafísica lucha de intereses bajo un arbitro representado por tres ancianos con vestido y peluca, que sentenciarían un momento de la realidad, como creadores. El señor Rozas abrió su boca para hablar.
El señor Rozas eructó, su hálito etílico azotando con violencia los rostros de los ilustrísimos ministros. Luego, y con una orquestada subitez relámpago, el señor Rozas se paró, para luego caer de cara sobre la madera del suelo frente al estrado, ante la mirada atónita de los ministros y el público. Fue entonces cuando el señor Rozas, sin levantarse del suelo, comenzó a vomitar un repugnante caldo verde-amarillo con un penetrante olor a huevo podrido sobre el suelo, su rostro pegado a la madera, tal vez aspirando por sus narices su contenido, mientras el nauseabundo líquido se extendía por la sala con pausada reflexión. Una igualmente putrefacta flatulencia escapó de su recto, contaminado la sala con su atmosférica música, momento en el cual el señor Rozas perdió todo dominio sobre su jurisprudencial esfínter, liberando así las orinas y fecas acuosas por tanto tiempo privadas de libertad en su carcelaria vejiga, escapando sus cálidas aguas por entre el cierre de sus pantalones hasta la sedosidad de sus calcetas. Sobre este pintoresco charco, el señor Rozas comenzó a revolcarse con angustia y placer, mientras saladas lágrimas de su rostro se mezclaban con un confuso sentimiento de tristeza meditativa, euforia sexual, alegría infantil, y aburrimiento, y añadían un ingrediente adicional a su heteróclita sopa de libertad.
Los ministros rápidamente tocaron la campana frente al alboroto de los atónitos asistentes, el oficial de la policía acercándose para esposarlo, pero la resbaladiza fricción del charco creado por el señor Rozas provocó que aquél también cayera en ese pantano de vómito, orina, fecas y lágrimas, golpeando su rostro contra la madera sin poder evitar aspirar y beber aquel nauseabundo alimento, compartiendo así de algún modo, junto al señor Rozas, una cierta interpretación de su existencia, una clave, un poema en versos encriptados por un suspiro de edad e instantes, un libro de antiguo que se lee con una taza de café bajo la luz de un invierno. O tal vez una representación de un momento, una metáfora celeste, que ahora compartían un oficial y un abogado ebrio en un charco de magia y secreto.
Los jueces bajaron del estrado mientras el policía esposaba al señor Rozas contra el suelo, quien, bañado en orina y aguas infectas, continuaba vomitando en espasmos intermitentes; los insultos, los pensamientos verbales de los asistentes, y los destellos de las cámaras, enmarcaban el escenario del concurrido teatro del señor Rozas. El policía forzó al húmedo abogado a levantarse y lo conminó a caminar hacia la puerta de la sala, para la rutina de su detención.
Pero entonces el señor Rozas habló, en un susurro, de modo que tan sólo el policía actor pudiese escucharle, “Libérame y te haré un hombre libre”. Por un instante el policía dudó, “¿Perdón, me ha hablado señor?”. El señor Rozas volvió a hablarle: “Libérame. No te engañes. Conoces el secreto del charco”.
El policía entonces comprendió el significado, su vida había sido trastocada por las enseñanzas de este hombre, había logrado entender desde su corazón, el plan prefijado, participando en su desenvolvimiento como parte pensante y decidora. Luego, disparando su arma hacia lo alto, rescató al señor Rozas de aquel ilegítimo juicio humano a sus vidas, y juntos emprendieron la huida hacia un mundo distinto, pero más humano y tal vez, perteneciendo a él, revelador de un significado más permanente y real.


Valparaíso, 31 de agosto de 2005.